


El patrimonio se hereda. Se heredan arquitecturas, lenguas, formas de hacer, palabras, dioses... También heredamos la forma en la que aprendemos a relacionarnos con todo ello, cómo lo cuidamos, cómo lo interpretamos o cómo lo nombramos. El patrimonio se crea y se transforma, está vivo. Vive en nosotros y en lo que nos rodea. Y, en ese estar vivo, nos contamos y nos cuentan para que, en el peliagudo ejercicio de intentar explicar cómo somos, seamos capaces de llegar a un consenso que nos defina. Me pregunto cómo creamos identidad en el tiempo en el que nos ha tocado vivir, ¿lo hacemos si decimos muchas veces “¡oh mi niño! eso es así de toda la vida”? Y cuando alguien graba sus iniciales en la piedra o amontona callaos uno sobre otro, ¿tendrá eso valor patrimonial dentro de 100 años? ¿Pueden las imágenes convencernos para ser más amables o hacernos pensar que vivimos en un paraíso? ¿Pueden “otras” imágenes hacernos cuestionar lo que damos por hecho o transformar lo preestablecido?
Hay algo inefable que determina lo patrimonial. Puede ser parte de nosotras como lo es la familia y nunca ser cuestionado o ignorado porque nos resulte tan extraño como ajeno. Puede ser tan fuerte como para atravesar nuestros cuerpos y hacernos danzar sobre cuestas imposibles o frágil, muy frágil, como para desaparecer por completo al no ser recordado. El patrimonio es tan inalterable como vulnerable. No deberíamos olvidar esto...










Solía pensar que la fotografía −y cualquier otra forma de expresión creativa− suponía un ejercicio de búsqueda de una esencia y que, por tanto, como observadora, debía buscar en las imágenes esa condición: un mensaje, un concepto, una teoría. Cuando conocí a Rafael Arocha me adentré en el mundo de la duda y de la sospecha a través de las imágenes, y con nuestras conversaciones, y a través del acercamiento a su trabajo, descubrí una manera de entender el arte muy parecida a la manera en que entiendo la sociología: como una forma de abordar la realidad desde el cuestionamiento, incluso, de la propia idea de realidad.
Igual que la perspectiva sociológica cuestiona los relatos identitarios como algo fijo e inmutable, Rafael Arocha presenta en este trabajo una narración viva sobre el patrimonio y la identidad que invita a pensar en quiénes somos más que como un atributo, como un proceso.
En las fotografías de Rafael hay toda una puesta en escena de prácticas patrimoniales y de identidades colectivas, también de construcción de paisajes y símbolos, que muestra una posibilidad acerca de cómo toda una comunidad se representa a sí misma, a veces desde esferas ampliamente reconocibles, a veces desde lugares incómodos. Y es en la observación conjunta de todas estas performance sociales donde podemos encontrar la alerta sociológica que advierte Arocha: la identidad es una trampa...










“la sociedad no es el resultado de unos procesos irrevocables, sino una permanente invención de sí misma” - Cornelius Castoriadis, 1975
Este trabajo trae, a golpes de flash, destellos reveladores de lo que difícilmente puede expresarse y contarse de otras formas que no sean visualmente. Tradicionalmente, se ha establecido una relación texto-imagen donde se incita al espectador a acudir al texto buscando una explicación de la propuesta visual, no dejando florecer lo que precisamente la imagen propone. Y hablo de ello porque, en este trabajo, creo especialmente importante entregarse a la experiencia, a las preguntas que evoca la propuesta, dejarse llevar por este viaje de lo que no hay prueba escrita de su existencia.
La identidad canaria se manifiesta en los vestigios, en las huellas que deja su búsqueda. Y en esa consciencia de imposibilidad de hallarla, este trabajo nos entrega el viaje, que es precisamente la forma en la que dicha identidad existe...










“Ahora que en la era posmoderna ustedes se sienten dispersos, yo me centro” - Stuart Hall
Rafael Arocha permite que los colores de sus fotografías brillen y bailen. Hay una extraña sensación de movimiento, como las imágenes del libro que sostiene el protagonista del cuento La puerta en el muro de H. G. Wells, que se cuela en un jardín tras una puerta misteriosa en un muro. En una de las fotografías de Arocha, unas escaleras rojas conducen a una casa pintada de blanco, aseguradas por una barandilla que parece ser una valla municipal incorporada en lo doméstico, que bien pudieran ser un portal hacia el animismo vernáculo ―como en el libro raro de Wells― de lo que acontece delante del objetivo de Rafael. La puerta ‘mágica’ se me antoja pues traducida al cosmos caótico-urbano de los barrios canarios, donde el eclecticismo arquitectónico ha cimentado un paisaje de fantasías sociales, mezclando una miríada de materiales y técnicas, como en los bellos cuadros de casas autoconstruidas de Ángel Padrón.
No es solo el paisaje urbano: una chica vestida de maga muestra su espalda y parece como si los bordados de su traje treparan, mutando sus flores de hilo a tinta, hacia el enorme tatuaje que sube hasta su nuca. Esta mutación es lo que precisa Arocha, es su obsesión: captar el encaje de lo artificioso sobre la base de una cultura tradicional. Es como si también armara su propia casa, autoconstruida, tomando los elementos disonantes de la cultura material popular. La invocación de la ancestralidad se muestra en carne viva ―a golpe de click―, sin tiempo a una puesta en escena, a ocultar rasgos contemporáneos para relucir inmaculada. Algo en las fotos me recuerda a la espontaneidad y la alienación de un precioso cuadro de Andrea Moreno, en la que una chica vestida de maga retorna en guagua, sola, alumbrada por la pantalla de su móvil, al igual que otra maga de las fotos de Arocha que porta un móvil en el delantal de su traje. La intrusión moderna es constante: los coches, las motos y las señales de tráfico se interponen en la representación; los sombreros cargan demasiadas cosas… Todo parece próximo a derrumbarse, a saturarse, a colapsar. Pero yo creo que son apariencias fruto de un primer visionado. Sus fotografías son ‘jeroglíficos sociales’ con claves mucho más complejas...









